Historia y Práctica del Camino de la Cruz

(vía crucis)

Las 14 acuarelas en blanco y negro de Sor Catherine Bourgeois presentadas en este sitio se inscriben en una larga tradición de meditación sobre la Pasión de Cristo Jesús. 

Desde la antigüedad, los peregrinos de Jerusalén deseaban recorrer el camino doloroso de su Salvador, desde el palacio de Pilatos, hasta el Gólgota y el Santo sepulcro.

En el siglo XV, los franciscanos, guardianes de los lugares santos de Jerusalén, introdujeron en Europa las reproducciones de la Pasión del Señor. Los cristianos recorrían así un « Camino de la Cruz », como si hubieran seguido a Jesús en las calles de Jerusalén, deteniéndose en cada estación para meditar y orar.

Hacia fines del siglo XVI, el número de las estaciones se fijó en 14, y muchas iglesias quisieron tenerlas en cuadros. San Luís-María de Montfort construyó, en el siglo XVIII, con 500 campesinos, un Calvario inmenso en Pont-Chateau. Pero es sobre todo el gran misionero italiano, San Leonardo de Port-Maurice quien propagó este ejercicio del vía crucis en la primera parte del siglo XVIII bendice personalmente 572 vía crucis. Erigió una serie monumental de quince estaciones (la última era los dolores de María) en el Coliseo Romano. El Viernes Santo el papa mismo participa en este vía crucis del Coliseo, que reúne una inmensa muchedumbre.

Muchos otros vía crucis monumentales han sido realizados. El de Lourdes, sobre la colina que domina la cueva, contiene 115 estatuas de cerca de dos metros de altura y es frecuentada por miles de grupos. 

El vía crucis es también un ejercicio parroquial. San Leonardo suplicaba a los obispos y los curas: « Yo les conjuro en las entrañas de Jesucristo de abrirles a los fieles un tesoro donde encontrarán el principio de su conversión, una fuente inagotable de gracias, de méritos y de bendiciones del cielo. Si Dios es severo con respecto al servidor que escondió un solo talento, que será de aquel que haya escondido a su pueblo un tesoro que encierra tal inmensidad cuyo precio es infinito. » 

Durante la Cuaresma, un ejercicio colectivo guiado por el cura, va de estación en estación a lo largo de las murallas de la iglesia. Textos de la Escritura, meditaciones y cantos alternan. La undécima estrofa del « Stábat Mater » cantada a la Virgen María, antiguamente era repetida después de cada estación:

Sancta Mater istud agas
Crucifixi fige plagas
Cordi meo valide 

Madre santa, compadécete
Graba las heridas del Crucificado
Profundamente en mi corazón. 

Los cristianos que meditan así la Pasión el Viernes-santo, en este vía crucis, saben que dos días más tarde sonarán las campanas de Pascua. « Si morimos con Cristo, escribe San Pablo, creemos que viviremos también con él. » (Rom 6, 8)  

Pero podemos « hacer su vía crucis » independientemente de un grupo, ya sea yendo de estación en estación en una iglesia, o meditando sucesivamente cada una de las estaciones sin caminar físicamente. El papa Juan Pablo II hacía cada viernes su Vía Crucis, incluso cuando el día había sido abrumador. Es un paso del alma que acepta dedicar un cierto tiempo a este ejercicio: el espíritu se lleva hacia el Señor doliente, gracias a la imagen pintada o esculpida, o gracias al texto evangélico. Éstos son los apoyos de la meditación, de la oración y de la gracia.

Los numerosos mártires muertos por los santos iconos en el tiempo de la iconoclasia dan testimonio de la importancia de estas imágenes para reunir el Verbo encarnado en su Pasión bienaventurada. 

San Pablo decía en Filipenses: 

« Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo Jesús.
El cual siendo de condición divina no retuvo ávidamente el ser igual a Dios.
Sino que se despojó a sí mismo, tomando condición de esclavo,
haciéndose semejante a los hombres.
Habiéndose comportado como un hombre,
se humilló a sí mismo,
obedeciendo hasta la muerte,
y a la muerte sobre una cruz.
Por lo cual Dios lo exaltó
y le dio el Nombre que está sobre todo nombre.
Para que al nombre de Jesús
toda rodilla se doble, en los cielos,
en la tierra y en los abismos,
y que toda lengua proclame
que Cristo Jesús, es SEÑOR
para gloria de Dios el Padre.
 »

Filipenses cap. 2 

Las estaciones del Vía Crucis merecen ser tratadas por una mano cristiana, es allí donde hace falta una inspiración cristiana.

Sor Catherine repite de buena gana en su cuenta lo que Bellini añadía a su firma bajo un cuadro :

« Inflamado por el amor de la cruz ».